Hablar por hablar, literalmente

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– K haces?

– Nada, tu?

– Tampoco, aburrido…

(10 minutos después)

– No me dices nada, te pasa algo?

– No, es que no tenia nada que decir

– Ah vale…

¿Quién no ha tenido una conversación así por WhatsApp? Es el día a día de millones de jóvenes, adultos y adultescentes; la necesidad de mantener una conversación con alguien aunque no tengas nada que decirle. Ésta es una de las consecuencias del desarrollo tecnológico: estar permanentemente expuesto a tus amigos, conocidos, enemigos y familiares. Y es que ya hay quien lo dice: el WhatsApp es el mejor y el peor invento del siglo XXI.

La gente de mi generación hemos vivido posiblemente la mayor revolución tecnológica de la historia. Facebook, Twitter, iPads, iPhones, smartphones, smartwatches…y la lista sigue y seguirá. Nos hemos acostumbrado a tenerlo todo, y si no lo tenemos, lo deseamos. Algunos niños tienen móviles ya con 7 u 8 años, aún no entiendo para qué, pero lo tienen. Pero sin duda el mayor triunfador de la comunicación ha sido WhatsApp. Quien hoy en día no dispone de esta app no es nadie, está desconectado del mundo, repudiado de la sociedad. ¿Pero es de verdad útil?

Sí, lo es, y mucho. Es gratis y te comunica con quien dispone de él en cualquier parte del mundo donde haya una mínima conexión a la red. Te permite averiguar cualquier duda sobre una cita, cumpleaños, o lo que sea en un momento. Llamar por teléfono ya ha pasado de moda, ¡hasta existen las llamadas vía WhatsApp! Sin embargo, no todo es color de rosa en esta app que cuenta con más de mil millones de descargas solo en Play Store.

La banalidad y la obsesión se han apoderado de ella. Vivimos en un mundo en que si no hablas con alguien en cada momento te miran mal. Ya no se presta atención en clase, ya no se mira el paisaje cuando se viaja. Si viajas en bus o en tren y lees un libro eres raro, extraño. Lo normal es hablar con quien sea por WhatsApp, o leer Twitter, o anunciarle a tus seguidores de Instagram que estás viajando a Madrid, que ese es otro tema.

Todos lo hacemos, quien más quien menos, pero lo hacemos. No es posible evitarlo, y hasta suena hipócrita criticarlo como lo estoy haciendo. Pero realmente esto no es una crítica a la revolución tecnológica y comunicativa en sí, sino al uso que le hemos dado y que desempeña hoy en día. Si un sábado por la noche vas con tus amigos a cenar y tomar algo pero no te haces una foto es como si no hubieras ido, no consta en acta. Y rara es la reunión con amigos en que ninguno toca el móvil durante 2 o 3 horas.

Como ya he dicho, resulta un poco hipócrita hacer esta crítica, pero es más una reflexión sobre un problema que cada día está más extendido en la sociedad y que es preocupante, y mucho. Hemos perdido la noción de la realidad y ya no nos preocupamos ni nos implicamos en nada. Ya no somos ciudadanos, sino utilitarios. Ya no somos personas, sino datos. Y es que si de datos hablamos, la venta de smartphones creció un 11% en todo el mundo durante el primer semestre de 2015, mientras que la venta de libros ha disminuido un 30% desde 2010 solo en España. Inquietante, ¿verdad, Carmen?